Sira Ayats

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Agordo (Belluno, IT)

Travelling can turn into an odyssey when unforeseen circumstances affect the logistics of our travel and we find ourselves incapable of overturning the mental feedback loop of catastrophism, of the incessant asking ourselves “what do we do now?”

 

On those long journeys in which we may find ourselves traversing different countries, the unforeseen can force us to change our route due to material reasons like having lost one’s documentation, having to find a spare part for one’s car or, as in our case, having to find a replacement fuel for our campervan’s auxiliary heating. This quest becomes a matter of utmost importance when you find yourself sleeping with an exterior temperature of -7ºC right in the midst of the Dolomite Alps. Urgency, then, brought us to ask about in shops across various towns, caught in the throes of a mental state that was governed by the sole objective of not being forced to spend another night in the freezing cold. It is undoubtedly difficult, in such a state, to observe with the eyes of a wanderer the sites of one’s travels, given that our focus is honed in on the spare part, which brings us to turn a blind eye to the panoramic and humanistic contexts of the surroundings through which we are travelling. In spite of everything, chance can at times be of aid, as it was indeed on that cold October morning in the town of Agordo. I was instantly made conscious of the place in which I found myself or, to put it in simpler terms, I saw it for the first time while I waited for my partner, who had left in quest of the then doomed fuel for the heating. My gaze, resting now on the Caffè Commercio, was soothed and, perhaps for the same reason, taken aback by the atmosphere of the surroundings.

Viajar puede convertirse en una gesta cuando los imprevistos afectan a la logística del viaje y somos incapaces de superar el bucle mental del derrotismo, del ¿y ahora qué hacemos?

 

En los viajes largos en los que podemos atravesar diferentes paises, lo inesperado puede hacernos variar nuestra ruta por cuestiones materiales como perder la documentación, buscar un recambio para el coche o, como en nuestro caso, encontrar un repuesto para el gas de la calefacción estacionaria de la autocaravana. La búsqueda se convierte en un asunto de estado cuando duermes con una temperatura exterior de -7ºC en plenos Alpes Dolomitas. La urgencia, pues, nos llevó a preguntar en comercios de diferentes pueblos, bajo un estado mental dominado por el objetivo de no volver a pasar una noche insomne de frío.  En dicho estado es difícil, sin duda, observar con los ojos de un viajero los lugares que se visitan puesto que el foco está en localizar el repuesto, lo que nos hace obviar el contexto paisajístico y humano por el que transitamos.  Con todo, el azar puede venir en nuestra ayuda como sucedió en la población de Agordo en la fría mañana de un día de octubre.  De súbito, fui consciente del lugar donde me hallaba o, por decirlo de manera simple, lo ví por primera vez mientras esperaba a mi pareja, que había ido a buscar el -a esas horas- condenado gas de la calefacción. Mi mirada se posó en el Caffè Commercio de manera sosegada y, quizá por eso mismo, a la vez, sorprendida por la atmósfera del entorno. 

In fact, I place my emphasis on the gaze because… how many times do we look at something without actually seeing it? Though it may seem counterintuitive, it happens more often than we’d like to admit, and our shared and universal experience further confirms this. The case is that the Caffè Commercio is one of those places that, without being able to say very well why, end up standing outside of time, acquiring a special, unique air about them, as if they came straight out of a film set. I think that, unconsciously, I pictured Audrey Hepburn walking out through its doors with Gregory Peck in tow… though there was no Vespa to be found in the parking lot. Like I said, it caught my eye one morning, from inside our vehicle and, for whatever reason, I found myself fascinated up to the point that we decided to return the following day to grab some coffee on its terrace. In the end, yes, it was hardly much more than your run-of-the-mill town cafe with an added bonus of charm, but it had a certain je-ne-sais-quoi that, for a few instants that morning, under a shy autumn sun, made me feel as if I were an extra, holding my cup of cappuccino, in a post-war Italian film. Moments like these, on a day like any other, make of a café a true moment of joy.

De hecho, pongo énfasis en la mirada porque… ¿cuántas veces miramos algo sin verlo? Aunque parezca un contrasentido, eso sucede en más ocasiones de las que nos gustaría admitir, y la experiencia común y universal así lo corrobora. La cuestión es que el Caffè Commercio es uno de esos lugares que, sin saber muy bien por qué, acaban situándose fuera del tiempo, adquieren una atmósfera especial, diferente, como si formaran parte de un plató cinematográfico. Creo que, inconscientemente, imaginaba saliendo de su puerta a Audrey Hepburn acompañada de Gregory Peck… aunque no había ninguna Vespa en el aparcamiento. Como decía, lo vi una mañana, desde nuestro vehículo y, por alguna razón, me sentí fascinada hasta el punto que decidimos volver al día siguiente a tomar un café en su terraza. Al final, no era mucho más que el típico café de pueblo con un extra de encanto, sí, pero tenía un no-sé-qué que hizo que esa mañana, bajo un tímido sol otoñal, me sintiera figurante por unos instantes, con mi capuccino en mano, de una película italiana de posguerra. Momentos así, un día cualquiera, convierten un café en un verdadero instante de felicidad.

But Agordo still held a few surprises up its sleeve. Just by the other side of the street, in a square and under the shelter of arches, I found a bookshop that was wholly its own, a space where books inhabit an organised chaos that her charming owner deciphers with absolute ease. The vitrine already spoke of the wonders to be found inside. Books with their covers faded after many seasons under the Sun, piled one on top of the other, forming columns and uneven terrains, enticing you to enter and search, to while away the time flipping the pages of dusty tomes, … all seemed possible in a space such as this one. I could not leave that place empty-handed and, although I was reluctant to disrupt the subtle balance of the rows of books, I took with me one of its wonders, Il Libro della Pizza, a 1982 relic whose blanched cover gave it a charming vintage feel.

Pero Agordo aún me reservaba un par de sorpresas más. Justo al otro lado de la calle, en una plaza y al amparo de unos soportales, encontré una librería del todo singular, un espacio donde los libros habitan en un ordenado caos que su encantadora propietaria descifra con absoluta facilidad. El escaparate ya era premonitorio del interior del establecimiento. Libros con la portada desvaída después de muchas estaciones al sol, apilándose unos encima de otros, formando columnas y desniveles, invitándote a entrar y buscar, a pasar las horas hojeando volúmenes polvorientos,… todo parecía posible en un espacio así. No podía irme de allí con las manos vacías y, aunque me supo mal romper el sutil equilibrio del escaparate, me llevé una de sus maravillas, Il Libro della Pizza, una reliquia del año 1982 cuya portada descolorida le otorgaba un encantador aire vintage.

We’d spent hardly more than two hours in Agordo and I felt, with what I’d already experienced there, that the town seemed open to uncover its secrets to us. Like any photographer, I have a constant propensity to want to lose myself in the corners of towns and cities, seeking the unknown, with the knowledge that there is always a light, a framing or a scene looming, waiting only to be appreciated. And so we proceeded to lose ourselves, wandering aimlessly through the town’s streets and, on our way back to our caravan, we found ourselves facing the ineffable Caffè Garibaldi. Pastel colors on its front, geraniums hanging from the windows above, the red of its tables and the pink of its chairs, a classic white Renault 4 parked in front of its entrance and a sign bearing the effigy of the Italian nation’s father with an early 20th century font. It all seemed like a perfect setup for a touristic postcard, but the place is truly like this, without any pretense on its behalf. A marvellous collage lost in a corner that only awaits, as we were saying earlier, a gaze appeased enough to discover its charm.

Llevábamos poco más de dos horas en Agordo y sentía, con lo ya vivido en él, que el pueblo parecía abierto a descubrirnos sus secretos. Como todo fotógrafo, tengo una propensión constante a querer perderme por los rincones de pueblos y ciudades, a la búsqueda de lo desconocido, sabiendo que siempre hay una luz, un encuadre o una escena esperando a ser apreciados.  Así que nos perdimos, sin un rumbo fijo, por las calles del pueblo y, en la vuelta hacia nuestra caravana, nos encontramos de frente con el inefable Caffè Garibaldi. Colores pastel en la fachada, geranios colgando de las ventanas superiores, el rojo de las mesas y el rosa de las sillas, un clásico Renault 4 blanco aparcado frente a la entrada y un cartel con la efigie del padre de la nación italiana con una tipografía de principios del Siglo XX. Todo parecía un decorado listo para la postal turística, pero verdaderamente el lugar es así, sin pretensión alguna. Un collage maravilloso perdido en un rincón que espera, como decíamos antes, una mirada sosegada que descubra su encanto.

I have this thing with.. doors.
Dolomites (Italian Alps)
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Sira Ayats

 

hola@siraayats.com
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Instagram: @siraayats

Within Sira’s work I see a photographer blessed with the nostalgic longing and sensibility of a poet. In her hands, the camera becomes an instrument capable of portraying introspection and contemplation in intimate detail; as if her soul, questing outwards through the lens, found its way into the images she crafts, making every picture also a portrait of her own gaze. There is an evident profound reverence towards her surroundings that is present throughout her work, highlighting the artistry of a photographer whose observant gaze, while inevitably personal, raises a mirror to our shared human spirit, for us to find the brightest and warmest of colours reflected there.

— Words by Luca M. Bergamin.